jueves 21 de agosto de 2008

A pata hasta Santiago

La verdad es que nosotros, como bien lo dijo Toño, siempre supimos del Camino de Santiago, es de esas cosas que creces sabiendo sin recordar muy bien de donde las aprendiste. Es posible que mi jefa nos platicara de él o incluso nuestros abuelos, la cosa es que ya desde antes de que Toño se fuera a vivir a España, antes incluso de mis aventuras granadinas, los dos teníamos el gusanito de aventarnos la travesía. Las ansias peregrinas se vieron azuzadas cuando conocí a las dos Kiwis famosas, esas dos neozelandesas que nos cayeron de sorpresa cuando vivía en Granada y que resultaron ser dos viajeras extraordinarias, quienes se aventaron el camino completito y nos entusiasmaron a todos con sus historias fantabulosas. El chiste es que se me ocurrió que hacer el Camino este verano no era una mala idea, de esa forma podría viajar con poca lana, visitar a mi hermano y conocer el norte español que, como contaré más adelante, resultó ser tan nuevo y misterioso que la España andaluza parece un país diferente.

El Camino de Santiago es una ruta de peregrinación que cruza el norte de España y que según cuenta la leyenda es el camino que el apóstol Santiago, uno de los tantos compadres del Jesuscrísto, recorrió en su tarea evangelizadora. La leyenda no termina ahí, parece ser que por misteriosas razones los restos del apóstol, es decir sus huesitos, fueron trasladados desde el Oriente Medio, donde se petatió, hasta Gálica en España, donde fueron sepultados en la ciudad que más adelante llevaría su nombre, Santiago de Compostela. Cabe decir, dato curioso, que la autenticidad de su calavera fue avalada por Roma en la bula “Deus Omnipotens” emitida por el papa León XIII. Este echo generó que Santiago se convirtiera, ya desde la Edad Media, en un destino de peregrinación para creyentes y conversos. En nuestros días, y mucho gracias a cierto libro de Pablo Cohelo, el Camino se ha vuelto un itinerario cultural de fama internacional, una ruta seguida al igual por creyentes como por no creyentes, tanto es así que un agnóstico de mierda como yo terminó haciéndolo.

Para ser sinceros el Camino, como dice la Guía del Peregrino que compró mi hermano por 21 euros, inicia en tu casa, así es que no existe algo así como una única ruta oficial, sin embargo los setecientos y tantos kilómetros que dividen a la frontera de España con Francia de Santiago se han vuelto el recorrido más famoso y en la jerga peregrina es llamado el “Camino Francés” Toño y yo no pudimos hacer el “camino completo”, que consta de treinta y tantos días y nos tuvimos que conformar con 13, lo que parece fácil, pero requiere de un gran esfuerzo. Este camino, además de la importancia histórica y religiosa de que se reviste, resulta ser también un excelente destino turístico, por lo que el gobierno español se ha dado a la tarea de mantenerlo y adecuarlo a los estándares del siglo XXI, sin dejar de respetar su sentido original como ruta de peregrinación. Buscando atraer nuevos turistas y tratando de hacer la travesía más llevadera, los gobiernos de las distintas comunidades autónomas, equivalentes a los estados en México, así como distintas asociaciones de “Amigos del Camino”, han acondicionado casas viejas, escuelas y antiguos monasterios como albergues para los peregrinos. El albergue es algo así como un hostal, con chorrocientasmil literas, baños comunales, una cocina enorme y en muchos de ellos lavadoras, computadoras con Internet y maquinitas de café instantáneo para los madrugadores. Los albergues no son hoteles ni de tres, ni de dos ni de una estrella, son galerones donde la marabunta de atolondrados que decidimos sin coerción someternos a la tortura de caminar 7 horas diarias cargando pesos descomunales a sus espaldas, deciden hacer un alto momentáneo en su calvario. Los colchones, hay que decirlo, son sorprendentemente cómodos, los baños en general suficientemente limpios y si bien las cocinas no están super equipadas, el tener vasos y platos es ya una gran ventaja. Sin embargo lo mejor de todo, además del fabuloso precio de tres euros por noche por cama, es a la gente que encuentras ahí.

Cuando empezamos a caminar se me ocurrió llevar un diario, escribir en una pequeña libreta todas las impresiones del día, a las personas que Toño y yo conocimos en esa jornada, los kilómetros recorridos así como el nombre de los pueblos que cruzábamos, se me ocurrió incluso registrar la dieta del día y la situación de nuestras finanzas. Claro que no hice nada de lo anterior, llegábamos tan cansados que ni siquiera malabares podía hacer, las fuerzas nos alcanzaban para comprar la comida del día, pasearnos por el pueblo al que llegábamos y sentarnos a ver crecer la hierba, así que en lugar de una crónica ordenada, donde les relato los sucesos más relevantes de nuestra aventura, lo que escribo ahora es más bien un collage de recuerdos y pensamientos. Este “mail kilométrico” (Cix, 2008) es más una presentación de diapositivas que una bitácora náutica. Por ejemplo, se me ocurre platicarles acerca de la gente que hace el camino. Lo que más nos impresionó es ver que la mayoría bien pasaba de los treinta, muchos bien entrados en sus cuarenta, incluso había un par de octogenarios rebeldes. En Galicia nos rebasó un abuelito que andaba con su hijo y su nieto, tres generaciones... anda que el ruco era el que caminaba más rápido. Además gente de todas las nacionalidades que puedan imaginarse, saludamos a una familia de coreanos, a una pareja de brasileños y al famosísimo taka-taka, un japones de unos sesenta que caminaba como una locomotora y que nos regaló unas fresas. Alemanes, canadienses, luxemburgueses, gringos (pero de los buena onda que apoyan a Obama), suecos, ingleses y un par de mexicanos.

Otra de las cosas que nos sorprendió es el espíritu de camaradería que se respira. Como todos andamos en lo mismo, todos entendemos al otro. Es un poquito lo que se siente con eso del hospitalityclub, es aceptar al otro tal y como venga, abrirte desde el primer momento. Con decirles que al final, cuando llegamos a la catedral de Santiago, hubo más de un emocionado que al vernos entrar nos plantó un super abrazo. El camino es para muchos un recorrido espiritual, no lo fue para mí, sin embargo entiendo muy bien que existe algo conmovedor en el hecho de caminar una ruta milenaria. Internarte en la España rural y contemplar sus paisajes, marchar hasta el agotamiento y compartir todo esto con desconocidos hace que termines por reconocer cierta unidad con los demás, cierta hermandad que si bien no es para mí divina sino muy humana, bien puede serlo para los demás.

Yo no caminé para recordar el sufrimiento de Nuestro Señor, ni para buscar la salvación ni para purgar mis pecados a través del dolor de los callos, ni siquiera caminé en turbación espiritual. Tengo muy claro que lo hice, además de por el reto físico y por el interés turístico, para estar con mi hermano. Hacer el camino fue una forma de acercarme una vez más a mi carnalito, una ocasión más para conocerlo. Yo hice el camino por cantar las canciones de los Hermanos Rincón y de Cri Cri con mi carnal, para reírnos juntos en el camino, para pelearnos, para recordar los viejos tiempos y para criticar a las familias Rodríguez y Abraham. Es verdad que recordé mucho a mi abuela Charlotte y que pensamos también en mi tío Mario y en toda la familia Moreno, sin embargo no pedimos por el descanso eterno de sus almas, más bien los recordamos en vida, recordamos lo que nos dieron y dejaron.

Además del significado turístico-cultural-espiritual-fraternal del trayecto, como ya mencioné el Camino es también un reto físico. Quiero ahora platicarles de las ampollas, las torceduras, los dolores musculares y las uñas negras. Es verdad que Toño y yo íbamos un poco sobrecargados y que eso hizo nuestro recorrido un tanto más agotador de lo que debió ser (algo así como 14 kilos atados a nuestras espaldas) sin embargo la triste realidad es que el dolor es parte del Camino, tanto así que en los pueblitos vendían playeras con la leyenda típicamente católica de “No pain, no Glory”. El cuerpo humano es un misterio, y no por su intrincado sistema nervioso o por su increíble sistema muscular, es un enigma pues nunca terminas de conocerlo. No es sino hasta que caminas horas y horas sin descanso que descubres que tienes tantísimos músculos y que todos ellos pueden llegar a dolerte. Es misterioso por que un día te levantas con dolores en la rodilla izquierda, para que al día siguiente lo que te duela sea la pantorrilla, para que después la pantorrilla esté perfectamente y lo que te duela sean los juanetes o el músculo de la planta del pie derecho o el talón de Aquiles. En fin, este viaje fue también de descubrimiento corporal, que no personal.

Para nosotros, jóvenes citadinos, el Camino representó también uno de ilustración geográfica. Ahora sabemos lo que significa un kilómetro y nos maravillamos con los artefactos motorizados comúnmente llamados automóviles. No saben las veces que a diez kilómetros del próximo pueblito, osea como dos horas a pata, Toño volteaba taciturno para decirme – Diez kilómetros son diez minutos en coche – También nos dimos cuenta de lo mucho que cambian los paisajes y de lo diferente que pueden ser ciudades que están a unas cuantas horas de distancia, sobretodo en una zona tan diversa como lo es el note de España. El Camino serpentea por entre valles y montañas, y a traviesa pueblos, ciudades y estados. Al principio caminamos entre sembradíos interminables para terminar los últimos días caminando en montes cubiertos de neblina. Galicia es la Irlanda gachupína. Toño y yo discutimos la teoría de si en algún momento España e Irlanda estuvieron pegadas. Cruzamos ciudades como Logroño, pero también pueblitos como Los Arcos. Hubo momentos en los que caminábamos sobre el pasto, otros sobre el vil asfalto de la carretera y otros tantos en que patinábamos en un batido de tierra con agua, manteniendo el equilibrio como lo haría un caballo con patines verdes. El camino, siempre muy bien señalizado con flechas amarillas, algunas veces se internaba en bosques, para después toparse con lagos o con castillos perdidos en la cumbre de alguna montaña lejana. Imagínense caminar entre viñedos riojanos antes de entrar a un pueblo que despierta con un millón de golondrinas revoloteando entre los techos de tejas rojas y un gato gordo viéndolas desde el atrio de una iglesia.

Para aquellos afortunados que cuentan con los recursos el Camino es también un viaje culinario y vinícola. España en general es famosa por su gastronomía y específicamente el norte por sus buenos vinos. Tristemente Toño y yo solo vimos los bares y restaurantes cuando pedíamos que nos rellenaran la cantimplora, cuando pedíamos entra al baño o en aquellas raras ocasiones que nos premiábamos con una cerveza o una fanta-limón. Pan, chorizo y queso fueron nuestros mejores amigos a lo largo de la caminata, el jitomate y el pimiento morrón también hicieron acto de aparición. Aún así tuvimos la suerte de compartir lo que teníamos con los demás viajeros, así que muchas noches terminamos sentados en un banquete, incluso un par de veces cocinamos pasta para todos, lo que representaba un bienvenido cambio de nuestro régimen alimenticio.

La tercera noche de caminata conocí a Grant, un gringo buen rollo, de Kansas, donde me contaban avergonzado enseñan al creacionismo como teoría científica. Él estudia ciencias políticas y sociología, Obama is his man, como me lo confeso, y no entiende como los mexicanos no nos hemos puesto de acuerdo para darles en la madre después de todas las chingaderas que nos hacen en su país. Resulta que agarramos buen patín, y las botellas de vino se fueron vaciando. Cuando íbamos por la quinta como que me empecé a sentir medio mareado. Para no hacerles el cuento largo confieso, mea culpa, que pase la noche entera cantando Oaxaca para despertar con lo que fue posiblemente la quinta peor cruda de la historia de la humanidad. Si San Santiago me concediera un milagrito, no sería por la ardua peregrinación o por las uñas caídas y tobillos torcidos, sino por los huevos que me costó decidirme a caminar a la mañana siguiente.
Me quedo con la imagen de Toño y yo acostados frente a la catedral, con el asfalto caliente en nuestras espaldas y nuestras mochilas como almohadas, esperando a que llegara su amigo Gustavo, quien nos daría alojamiento en Santiago por dos noches hasta que el tren de Toño lo llevara a Madrid y mi avión a Alemania, donde Fenja me esperaba con los brazos abiertos y una mullida cama.

2 comentarios:

Master Pei dijo...

Yo quería ir! T_T

Por qué? Por qué tenías que hacer el Camino el mismo año que vino mi hermano, con sólo un mes de diferencia? U_U ¿Sabes que ahora vas a tener que echártelo de nuevo, pero conmigo? Lo sabes, ¿verdad, carnalito? Jejeje... Bueno, si no quieres no... tú te lo pierdes :p

Mona εїз dijo...

Puedo ir yo??... seguramente mi condición física es lo suficienteme apta como para hacer semejante viaje... jeje, ok, no... pero de todos modos quiero ir.... Porque me llevarán verdad?

Saludos Pei... Ale.
Un beso a ambos dos en ambas mejillas (dos).