jueves 21 de agosto de 2008

A pata hasta Santiago

La verdad es que nosotros, como bien lo dijo Toño, siempre supimos del Camino de Santiago, es de esas cosas que creces sabiendo sin recordar muy bien de donde las aprendiste. Es posible que mi jefa nos platicara de él o incluso nuestros abuelos, la cosa es que ya desde antes de que Toño se fuera a vivir a España, antes incluso de mis aventuras granadinas, los dos teníamos el gusanito de aventarnos la travesía. Las ansias peregrinas se vieron azuzadas cuando conocí a las dos Kiwis famosas, esas dos neozelandesas que nos cayeron de sorpresa cuando vivía en Granada y que resultaron ser dos viajeras extraordinarias, quienes se aventaron el camino completito y nos entusiasmaron a todos con sus historias fantabulosas. El chiste es que se me ocurrió que hacer el Camino este verano no era una mala idea, de esa forma podría viajar con poca lana, visitar a mi hermano y conocer el norte español que, como contaré más adelante, resultó ser tan nuevo y misterioso que la España andaluza parece un país diferente.

El Camino de Santiago es una ruta de peregrinación que cruza el norte de España y que según cuenta la leyenda es el camino que el apóstol Santiago, uno de los tantos compadres del Jesuscrísto, recorrió en su tarea evangelizadora. La leyenda no termina ahí, parece ser que por misteriosas razones los restos del apóstol, es decir sus huesitos, fueron trasladados desde el Oriente Medio, donde se petatió, hasta Gálica en España, donde fueron sepultados en la ciudad que más adelante llevaría su nombre, Santiago de Compostela. Cabe decir, dato curioso, que la autenticidad de su calavera fue avalada por Roma en la bula “Deus Omnipotens” emitida por el papa León XIII. Este echo generó que Santiago se convirtiera, ya desde la Edad Media, en un destino de peregrinación para creyentes y conversos. En nuestros días, y mucho gracias a cierto libro de Pablo Cohelo, el Camino se ha vuelto un itinerario cultural de fama internacional, una ruta seguida al igual por creyentes como por no creyentes, tanto es así que un agnóstico de mierda como yo terminó haciéndolo.

Para ser sinceros el Camino, como dice la Guía del Peregrino que compró mi hermano por 21 euros, inicia en tu casa, así es que no existe algo así como una única ruta oficial, sin embargo los setecientos y tantos kilómetros que dividen a la frontera de España con Francia de Santiago se han vuelto el recorrido más famoso y en la jerga peregrina es llamado el “Camino Francés” Toño y yo no pudimos hacer el “camino completo”, que consta de treinta y tantos días y nos tuvimos que conformar con 13, lo que parece fácil, pero requiere de un gran esfuerzo. Este camino, además de la importancia histórica y religiosa de que se reviste, resulta ser también un excelente destino turístico, por lo que el gobierno español se ha dado a la tarea de mantenerlo y adecuarlo a los estándares del siglo XXI, sin dejar de respetar su sentido original como ruta de peregrinación. Buscando atraer nuevos turistas y tratando de hacer la travesía más llevadera, los gobiernos de las distintas comunidades autónomas, equivalentes a los estados en México, así como distintas asociaciones de “Amigos del Camino”, han acondicionado casas viejas, escuelas y antiguos monasterios como albergues para los peregrinos. El albergue es algo así como un hostal, con chorrocientasmil literas, baños comunales, una cocina enorme y en muchos de ellos lavadoras, computadoras con Internet y maquinitas de café instantáneo para los madrugadores. Los albergues no son hoteles ni de tres, ni de dos ni de una estrella, son galerones donde la marabunta de atolondrados que decidimos sin coerción someternos a la tortura de caminar 7 horas diarias cargando pesos descomunales a sus espaldas, deciden hacer un alto momentáneo en su calvario. Los colchones, hay que decirlo, son sorprendentemente cómodos, los baños en general suficientemente limpios y si bien las cocinas no están super equipadas, el tener vasos y platos es ya una gran ventaja. Sin embargo lo mejor de todo, además del fabuloso precio de tres euros por noche por cama, es a la gente que encuentras ahí.

Cuando empezamos a caminar se me ocurrió llevar un diario, escribir en una pequeña libreta todas las impresiones del día, a las personas que Toño y yo conocimos en esa jornada, los kilómetros recorridos así como el nombre de los pueblos que cruzábamos, se me ocurrió incluso registrar la dieta del día y la situación de nuestras finanzas. Claro que no hice nada de lo anterior, llegábamos tan cansados que ni siquiera malabares podía hacer, las fuerzas nos alcanzaban para comprar la comida del día, pasearnos por el pueblo al que llegábamos y sentarnos a ver crecer la hierba, así que en lugar de una crónica ordenada, donde les relato los sucesos más relevantes de nuestra aventura, lo que escribo ahora es más bien un collage de recuerdos y pensamientos. Este “mail kilométrico” (Cix, 2008) es más una presentación de diapositivas que una bitácora náutica. Por ejemplo, se me ocurre platicarles acerca de la gente que hace el camino. Lo que más nos impresionó es ver que la mayoría bien pasaba de los treinta, muchos bien entrados en sus cuarenta, incluso había un par de octogenarios rebeldes. En Galicia nos rebasó un abuelito que andaba con su hijo y su nieto, tres generaciones... anda que el ruco era el que caminaba más rápido. Además gente de todas las nacionalidades que puedan imaginarse, saludamos a una familia de coreanos, a una pareja de brasileños y al famosísimo taka-taka, un japones de unos sesenta que caminaba como una locomotora y que nos regaló unas fresas. Alemanes, canadienses, luxemburgueses, gringos (pero de los buena onda que apoyan a Obama), suecos, ingleses y un par de mexicanos.

Otra de las cosas que nos sorprendió es el espíritu de camaradería que se respira. Como todos andamos en lo mismo, todos entendemos al otro. Es un poquito lo que se siente con eso del hospitalityclub, es aceptar al otro tal y como venga, abrirte desde el primer momento. Con decirles que al final, cuando llegamos a la catedral de Santiago, hubo más de un emocionado que al vernos entrar nos plantó un super abrazo. El camino es para muchos un recorrido espiritual, no lo fue para mí, sin embargo entiendo muy bien que existe algo conmovedor en el hecho de caminar una ruta milenaria. Internarte en la España rural y contemplar sus paisajes, marchar hasta el agotamiento y compartir todo esto con desconocidos hace que termines por reconocer cierta unidad con los demás, cierta hermandad que si bien no es para mí divina sino muy humana, bien puede serlo para los demás.

Yo no caminé para recordar el sufrimiento de Nuestro Señor, ni para buscar la salvación ni para purgar mis pecados a través del dolor de los callos, ni siquiera caminé en turbación espiritual. Tengo muy claro que lo hice, además de por el reto físico y por el interés turístico, para estar con mi hermano. Hacer el camino fue una forma de acercarme una vez más a mi carnalito, una ocasión más para conocerlo. Yo hice el camino por cantar las canciones de los Hermanos Rincón y de Cri Cri con mi carnal, para reírnos juntos en el camino, para pelearnos, para recordar los viejos tiempos y para criticar a las familias Rodríguez y Abraham. Es verdad que recordé mucho a mi abuela Charlotte y que pensamos también en mi tío Mario y en toda la familia Moreno, sin embargo no pedimos por el descanso eterno de sus almas, más bien los recordamos en vida, recordamos lo que nos dieron y dejaron.

Además del significado turístico-cultural-espiritual-fraternal del trayecto, como ya mencioné el Camino es también un reto físico. Quiero ahora platicarles de las ampollas, las torceduras, los dolores musculares y las uñas negras. Es verdad que Toño y yo íbamos un poco sobrecargados y que eso hizo nuestro recorrido un tanto más agotador de lo que debió ser (algo así como 14 kilos atados a nuestras espaldas) sin embargo la triste realidad es que el dolor es parte del Camino, tanto así que en los pueblitos vendían playeras con la leyenda típicamente católica de “No pain, no Glory”. El cuerpo humano es un misterio, y no por su intrincado sistema nervioso o por su increíble sistema muscular, es un enigma pues nunca terminas de conocerlo. No es sino hasta que caminas horas y horas sin descanso que descubres que tienes tantísimos músculos y que todos ellos pueden llegar a dolerte. Es misterioso por que un día te levantas con dolores en la rodilla izquierda, para que al día siguiente lo que te duela sea la pantorrilla, para que después la pantorrilla esté perfectamente y lo que te duela sean los juanetes o el músculo de la planta del pie derecho o el talón de Aquiles. En fin, este viaje fue también de descubrimiento corporal, que no personal.

Para nosotros, jóvenes citadinos, el Camino representó también uno de ilustración geográfica. Ahora sabemos lo que significa un kilómetro y nos maravillamos con los artefactos motorizados comúnmente llamados automóviles. No saben las veces que a diez kilómetros del próximo pueblito, osea como dos horas a pata, Toño volteaba taciturno para decirme – Diez kilómetros son diez minutos en coche – También nos dimos cuenta de lo mucho que cambian los paisajes y de lo diferente que pueden ser ciudades que están a unas cuantas horas de distancia, sobretodo en una zona tan diversa como lo es el note de España. El Camino serpentea por entre valles y montañas, y a traviesa pueblos, ciudades y estados. Al principio caminamos entre sembradíos interminables para terminar los últimos días caminando en montes cubiertos de neblina. Galicia es la Irlanda gachupína. Toño y yo discutimos la teoría de si en algún momento España e Irlanda estuvieron pegadas. Cruzamos ciudades como Logroño, pero también pueblitos como Los Arcos. Hubo momentos en los que caminábamos sobre el pasto, otros sobre el vil asfalto de la carretera y otros tantos en que patinábamos en un batido de tierra con agua, manteniendo el equilibrio como lo haría un caballo con patines verdes. El camino, siempre muy bien señalizado con flechas amarillas, algunas veces se internaba en bosques, para después toparse con lagos o con castillos perdidos en la cumbre de alguna montaña lejana. Imagínense caminar entre viñedos riojanos antes de entrar a un pueblo que despierta con un millón de golondrinas revoloteando entre los techos de tejas rojas y un gato gordo viéndolas desde el atrio de una iglesia.

Para aquellos afortunados que cuentan con los recursos el Camino es también un viaje culinario y vinícola. España en general es famosa por su gastronomía y específicamente el norte por sus buenos vinos. Tristemente Toño y yo solo vimos los bares y restaurantes cuando pedíamos que nos rellenaran la cantimplora, cuando pedíamos entra al baño o en aquellas raras ocasiones que nos premiábamos con una cerveza o una fanta-limón. Pan, chorizo y queso fueron nuestros mejores amigos a lo largo de la caminata, el jitomate y el pimiento morrón también hicieron acto de aparición. Aún así tuvimos la suerte de compartir lo que teníamos con los demás viajeros, así que muchas noches terminamos sentados en un banquete, incluso un par de veces cocinamos pasta para todos, lo que representaba un bienvenido cambio de nuestro régimen alimenticio.

La tercera noche de caminata conocí a Grant, un gringo buen rollo, de Kansas, donde me contaban avergonzado enseñan al creacionismo como teoría científica. Él estudia ciencias políticas y sociología, Obama is his man, como me lo confeso, y no entiende como los mexicanos no nos hemos puesto de acuerdo para darles en la madre después de todas las chingaderas que nos hacen en su país. Resulta que agarramos buen patín, y las botellas de vino se fueron vaciando. Cuando íbamos por la quinta como que me empecé a sentir medio mareado. Para no hacerles el cuento largo confieso, mea culpa, que pase la noche entera cantando Oaxaca para despertar con lo que fue posiblemente la quinta peor cruda de la historia de la humanidad. Si San Santiago me concediera un milagrito, no sería por la ardua peregrinación o por las uñas caídas y tobillos torcidos, sino por los huevos que me costó decidirme a caminar a la mañana siguiente.
Me quedo con la imagen de Toño y yo acostados frente a la catedral, con el asfalto caliente en nuestras espaldas y nuestras mochilas como almohadas, esperando a que llegara su amigo Gustavo, quien nos daría alojamiento en Santiago por dos noches hasta que el tren de Toño lo llevara a Madrid y mi avión a Alemania, donde Fenja me esperaba con los brazos abiertos y una mullida cama.

viernes 9 de mayo de 2008

¿Malabares para qué?
Desde hace ya un tiempo que me anda rondando por cabeza la pregunta de para qué demonios hago malabares. No estoy seguro si saben ustedes lo altamente improductivo, lo ciertamente absurdo de mi hobby. Vamos a ver, ¿de que chingados sirve saber mantener un cierto numero de objetos suspendidos en el aire? Tampoco se si saben el mucho tiempo de dedicación, las horas y horas que he pasado manipulando pelotas en diversos lugares, desde la facultad, pasando por la calle, la casa, el cine, la chamba, la plaza… en fin, quien me haya visto últimamente es muy posible que me viera con las mendrigas pelotitas metidas en el bolsillo o de plano haciéndolas volar en medio de la vía publica. La pregunta se vuelve relevante a la hora que caigo en la cuenta de lo mucho y muy productivo en lo que pude haber empleado ese tiempo. No es choro, a estas fechas hablaría francés, recitaría a Kant o tendría mi protocolo de tesis (glup!) de haberles dedicado el mismo tiempo que le dedico a las pelotas. Tratando de responder a esta pregunta me he dado a la tarea de justificar mi quehacer malabarístico de diversas formas, aquí les expongo mis conclusiones.

Cada que alguien me pregunta les respondo que los malabares son también un ejercicio. Ahí les va un experimento: traten de mantener moviendo sus brazos por 60 minutos continuos, arrojando un peso promedio de 60 gramos y agachándose cada 3 minutos para recoger la pelota rebelde que fallo en encontrar la mano en su camino de vuelta a la superficie terrestre, verán entonces si hacer malabares no es un ejercicio extenuante y riguroso. Sin embargo, he de admitir, el tener músculos bien torneados o una condición física óptima, nunca ha sido la razón por mi locura por las pelotas. No lo hago entonces por el ejercicio.


Hay quien dice que hacer malabares te hace más inteligente. La teoría va más o menos así: cuando haces malabares haces uso de los dos hemisferios de tu cerebro, creas nuevas conexiones neuronales que te ayudarán a resolver de mejor manera problemas matemáticos. El equilibrio, la agilidad y la concentración requeridos desarrollan en ti habilidades espaciales, lo cual ahora también se considera inteligencia. Pero la mera neta, ya llevo como un año dándole y yo sigo igual de tarugo, todavía ma fallan las tablas de multiplicar y sigo confundiendo los nombres de mis alumnitos (esto ultimo sea posiblemente una condena genética, ¿verdad jefa?). Tons tampoco lo hago para hacerme más listo.

¿Es posible entonces que sea un medio de meditación? Cuando de plano nadie me cree que los malabares me hacen más listo ni que me tonifican (je, esa palabra suena a infomercial) entonces les digo que me relajan. Después de estar leyendo filosofía, una actividad tan etérea como la sustancia angelical, hacer malabares me regresa de un jalón a la tierra y a sus aburridas leyes de gravitación. Sin embargo, tengo que admitir que después de hacer una hora de malabares regreso al escritorio y Schlaiermacher sigue siendo tan indescifrable como su nombre. Además, cuando después de una hora no me sale una serie de 6451, regreso a la filosofía tanto o más frustrado de cómo la dejé. Tampoco entonces sirven para relajarme.

¿Tendrá una razón espiritual? En el internet, pues deben saber que también dedico tiempo a la investigación teórica de los malabares, me he encontrado a locos que dicen encontrar una paz espiritual cuando hacen malabares por un largo tiempo, lo que yo les puedo decir es que alguna vez he pasado más de tres horas sin parar y a mí todavía no me habla Dios.

En mi desesperación he buscado razones psicológicas a mi manía, por ejemplo, puede ser que se trate de una adicción, ¿de qué otra manera justificamos que me pase horas solo, alienado dirían algunos, aventando y cachando pelotas? O puede ser también que tenga un trauma infantil, una fijación edipesca con las bolas. Hago aquí un paréntesis para reconocer el alto nivel alburésco que mi actividad despierta. Si, si, ya entendí… me gustan las bolas, aaaamo las pelotas, hoy si traje mis bolas y de vez en cuando se me cae una, si, si, tengo más de dos balones.

Todavía podría justificar mi quehacer si por lo menos me parara, para horror de mi abuelita, en las esquinas y hiciera un profit de esto, pero ni eso. Hasta ahora los malabares solo han representado un gasto, de tiempo y de dinero, sin ninguna retribución ni en especie ni en metálico. No dudo que alguna vez me aventure al espectáculo callejero, y de hecho ya he tenido presentaciones ante un público selecto, generalmente formado por familia y amigos quienes después de un rato y de manera completamente comprensible, pierden el interés.

Mi conclusión, los malabares no me sirven para nada. Son una actividad ociosa, inútil, que requiere dedicación y tiempo, una actividad que hago principalmente para mí y que posiblemente me llevará a mal puerto, a la vagancia o, peor aún, al espectáculo callejero. ¿Y?

Puede ser que la pregunta por los malabares esté trucada desde un principio. La pregunta para qué presupone siempre una utilidad, un resultado y en muchos casos un producto. En ésta pregunta la actividad misma es solo el medio para alcanzar lo que está detrás. Esto no tiene nada de malo, muchas de nuestras acciones están encaminadas a fines, es necesario que nuestras acciones den frutos, sin embargo el problema es la supervaloración que de un tiempo pa´ca le hemos dado a los productos y a este tipo de preguntas: ¿para qué? No me refiero solamente a los productos materiales, parece ser que las actividades que se hacen por el placer mismo de hacerlas, por la curiosidad, la dificultad o la belleza intrínseca a ellas, son actividades de menor valía que aquellas que “dejan” algo, que hacen algo, que producen algo.

Últimamente me he encontrado preguntándome si no estaré perdiendo el tiempo al leer novelas. Con el monstruo de la tesis a mis espaldas tendría que estar leyendo algo productivo (¿pueden creerlo?) o tendría que estar usando mi tiempo de manera más eficiente. La modernidad nos ha llevado a esto, todas las actividades que antes se reservaban a la contemplación, al asombro, al placer, son ahora supeditadas a su productividad. El atleta corre para ganar medallas, el artista pinta para vender cuadros o canta para vender discos, el investigador investiga para ganar puntos, etc…

Es un tanto arriesgado comparar los pinches malabares con la investigación o la creación artística, sin embargo les encuentro algo en común, un cierto desinterés que las convierten en actividades humanas libres, originales hasta cierto punto. No digo que está mal hacer arte que busque fines, tales como el despertar de la conciencia social, o que la investigación resuelva problemas específicos, lo que digo es que también existe este otro lado del quehacer humano que no puede estar regido por el simple resultado.

Puede ser que en muchos casos, en lugar de preguntarnos para qué, deberíamos preguntarnos por qué. ¿Por qué romper records mundiales? ¿Por qué escribió Schakespire? ¿Por qué interesarnos en las cactáceas?

¿Por qué hace Alejandro malabares? ¡Por que le encanta!

miércoles 28 de noviembre de 2007

Un mail para el recuerdo / 28.11.06 /

ADVERTENCIA: El mail que leerán a continuación es en extremo extenso, así que resumo para aquellos con cosas más importantes y/o interesantes que hacer: estoy bien, muy contento, con muchas cosas que hacer, extrañándolos mucho y con muchas ganas de verlos por acá. Dicho esto, lo demás es accesorio, sin embargo continuo...


HOLA GENTE...

Parece película de Hitchcock. Hace dos meses firmamos un contrato para tener internet en el departamento. No solamente no tenemos internet, sino que ahora nos han cobrado unas llamadas inexistentes con una compañía telefónica a la que nunca contratamos. Llevamos toda la semana peleándonos con contestadores y señoritas de las de “espéreme un segundito”. Si a esto le sumamos que para conseguir mi DNI (Documento Nacional de Identidad) tengo que esperar entre cuatro y cinco meses (tiempo en el que tardan en encontrar mi Partida Literal en las oficinas centrales de Madrid) podemos concluir que la burocracia en México, España y el resto del mundo es la misma mierda!

Lo anterior no es más que para justificar mi largo silencio. La verdad es que se me acaban las excusas y tengo que admitir que lo que pasa es que en Granada, como se vive tan bien, siempre hay cosas que hacer. A continuación pasaré a describir lo que una semana “normal” representa en esta tierra de locos:

Lunes.
Llegan un par de australianos de la Hospitalidad. Para hacerles la visita vamos a cenar a casa de Barbara, donde de nuevo y sin explicación lógica termino cocinando un platillo vegetariano para un grupo de 12 extranjeros. El platillo consta de pimientos rojos y verdes, hongos recogidos de la montaña por monsieur Batiste, nueces de la india, zanahorias, cebollas, ajos, elotitos (aquí llamados maíz), plátano y mango, todo mezclado con un kilo de arroz blanco. Como no hay suficiente lugar en la casa terminamos en la azotea, como no hay suficientes sillas terminamos sentados en circulo y como no hay suficientes tenedores, terminamos poniendo la cacerola en el centro y metiendo la mano en turnos.

Martes.
Mis amigos los suecos (quienes con la Hospitalidad se habían quedado en el departamento) han encontrado una cueva donde vivir, por lo que me piden que les ayude a transportar el colchón que se encontraron en la calle y que habían dejado en resguardo dentro de mi casa. Cruzo Granada de Sur a Norte cargando el dichoso colchón para luego terminar bebiendo té de hierbabuena y comiendo pan con cebolla. No desperdicié la oportunidad de visitar al bueno de Joe e invitarlo fraternalmente a conquistar el Mundo. A eso de las 9:30 Joe llega a la casa de Clemente con claras intenciones imperialistas, donde todos nos encontrábamos ya listos para desplazar batallones a lo largo y ancho del tablero. Jugamos Risk hasta las 2 de la mañana. ¿Quién ganó? Joe demostró que ser un yankee tiene sus ventajas.

Miércoles.
Siguiendo los pasos de mi madre (literal y metafóricamente) me preparo para atender a mis clases de salsa, pero antes, cena en mi casa. Platillo: pasta con atún. Ingredientes: Cebolla y media, cinco latas de atún, dos dientes de ajo, 10 champiñones, un pimiento rojo, 700 gramos de pasta, un tetrapack de tomate frito, sal, pimienta y queso al gusto. ¿Y de beber? Vino de 75 centavos. Los comensales: Anna Maija y Mikko (Finlandia), Stephan y Anna (los de Australia), mis compañeros de piso Nico, Silvy y Clara (Belgica) y yo mero. Bailando hasta las 3.

Jueves.
Botellón en el mirador de San Nicolás (botellón, que a primera vista suena a una palabra sofisticada y llena de sentido, no es más que el termino que los gachupines utilizan para beber en la calle). Se van los australianos. Película en casa de Francesco. Fiesta en casa de Mikko (facilmente unas 100 personas!!) Mikko vive en lo que a primera vista te parecerá un castillo, para luego darte cuenta que es un bloque de departamentos habitado exclusivamente por estudiantes Erasmus, por lo que las fiestas ahí son de proporciones apocalípticas.

Viernes.
Comida veggie en el Squat de Granada. Viajeros de todo el mundo se reúnen en el Squat más grande de Andalucía para degustar de una comida veggie (vegetarianos al extremo. No carne roja ni blanca, no leche, no huevos, no miel) para después participar en teatro abierto, donde terminé haciendo malabares mientras Barbara recitaba en polaco. En retribución por la buena comida Stephan y yo lavamos las cacerolas e hicimos un poco de jardinería. A la noche más salsa... el miércoles es clase teórica y el viernes es la clase práctica.

Sábado.
Día de estudio. F. Nietzsche (Historia de la Estética), T. S. Kuhn (Filosofía de la Ciencia) y Singer (Ética II), para luego practicar el ingles con Jane Austen y su Sense and Sensibility. Y después las compras (con un presupuesto de 35€) que para tranquilidad de mi madre consta de una variedad de frutas, verduras, pastas y carnes. Ya de noche, y con la satisfacción del deber cumplido, de fiesta a las cuevas de Sacromonte. Un amigo de Tuva que estudia musicología acaba de inaugurar su cueva, por lo que prepara una tocada. Instrumentos: tambores a lo loco (unos 5), guitarras, triángulos, caja, acordeón, metalófono y un par de flautas.

Domingo.
El día no comienza sino hasta las 3 de la tarde. Día de descanso. Se mete una carga a la lavadora, se barre y friega el piso. Continuamos con Austen y comemos pizza con los flatmates.

A los que llegaron hasta acá, gracias por la atención!
Como se dan cuenta ando medio ocupado, sin embargo pienso mucho en ustedes y en lo mucho que me gustaría hospedarlos, así que ya saben... mi depa. esta abierto.
Me despido antes de que el mail se vuelva más y más largo.
Ale

miércoles 24 de octubre de 2007

Oaxaca la Bella

Cuando mi jefa me dijo que había el plan de lanzarnos un fin de semana a Oaxaca no lo pensé dos veces, total, me saldría de a gratis. Después de hacerle manita de puerco a mi carnal hasta que aceptó cubrir mis clases sabatinas (las que doy, no las que tomo) hice mi maleta: un pantalón, calcetines y calzones para dos días, un par de playeras, las sisters (mis bolas de malabarismo) y al épico del Tolkien, quien le haría relevo al profundo del Kant.

El plan era el siguiente: salir el viernes en la mañana desde el DF hasta Oaxaca, pasar dos noches en la ciudad que hasta hacía poco había sido convertida en campo de batalla del desencanto social, para después regresar de nuevo a la capital capitalina. Sería un viaje express que atendería razones múltiples, entre las cuales destacaban la supervisión perita de las condiciones habitacionales de la carnala Guenola, quien en un arranque de independencia y sanidad mental mandó a chilangolandia a chilangolar a su madre, serviría también para hacerle la visita oficial a mi tío José, quien con todo y su regimiento (su mujer Analia y sus tres chilpayatas) cambió los aires cancuneños por el sol y las montañas de la tierra de la Guelaguetza, todo en búsqueda de una mejor chamba. Por último el viaje serviría también para reencontrarme con mis ancestros maternales, mi abuelitos pues, a quienes no había visto desde mi regreso a este lado del mundo.

El viaje fue un éxito y los objetivos fueron cabalmente cubiertos. Después de comer en el restaurante ese en el que se cargaron al conductor gordito de talkshows que además, ¡válgame!, era poeta, salimos rumbo a la tierra de Bomberito Juárez.

La autopista serpentea por entre las montañas oaxaqueñas, ofreciendo una vista privilegiada de nuestro México lindo y querido, claro que yo no pude ver nada, puesto que valientemente me ofrecí para hacerle de conductor designado y como mi inexperiencia no es ningún secreto, mi madre no se canso de repetir que mi atención se la debía al camino, y no a las bellezas naturales circundantes.

¡Nos aventamos 7 horas viajando!, casi nos sale más caro el caldo que las albóndigas, pues al final solamente tuvimos el sábado para desentrañar la ciudad de Oaxaca, sin embargo fue un viaje entretenido, lleno de interludios cafeteros, donde no tuve que compartir la atención de mi mamita con los otros dos mosqueteros, osease mis hermanos.

Llegamos pues el viernes en la noche, y como ya era tarde dejamos nuestras obligaciones para el día siguiente. Esa noche solamente salimos a comernos una pizza y a contemplar una entretenida sesión de boxeo callejero, donde un par de bravíos mozos, en plena vía pública y transpirando testosterona, demostraban las variadas habilidades de sus puños. Llegamos exhaustos al hotel, donde olímpicamente nos dejamos caer en las camas de nuestras acogedoras recamaras.

Al día siguiente las actividades comenzaron temprano, ya desde las nueve y media de la madrugada teníamos cita con la parentela. En un restaurante de nombre “El colibrí” nos juntamos todos a desayunar un ligero desayuno típicamente oriundo. Todos estaban ahí: los aguelos, José, Analía y sus tres monstruitos, digo, tesoritos, quienes sin estar muy seguras de quien era yo se dedicaron a zangolotear a este guapo narrado (no me quejo, no me quejo, nomás relato). Quienes llegábamos, Juan, mi madre y un servilleta, saludamos afectuosos y nos sentamos en derredor de la mesa.

Barriga llena, corazón contento, salimos campantes rumbo al árbol del Tule, una más de las maravillas naturales de nuestro país. Rodeado de mezcalerías y custodiado por una vieja reja verde, el sauce dichoso se levanta majestuoso en medio del atrio de una iglesia, lo que plantea serias dudas sobre los alcances de las Leyes de Reforma y los resultados de la Guerra Cristera. Por la módica cantidad de 3 pesos nos pudimos acercar al pino, donde un morrito de unos 10 años de edad esperaba ansioso pescar al siguiente turista. Uniformado y toda la cosa el imberbe chamaco se ofreció a mostrar, a donación voluntaria, las figuras que la corteza del abedul formaba en sus pliegues. Vimos a los Reyes Magos, al cocodrilo, al delfín entrando al agua, a la oreja de Fox y de Salinas, a la cara del orangután, al Cristo bajando de la cruz, a la Cueva de los Siete enanos y también vimos las nalgas de Thalía cuando era joven (no es choro!). Después de señalar cada una de las graciosas figuras el experto arbólgo nos preguntaba ansioso: ¿ya la vieron? a lo que nosotros respondíamos al unísono: ¡Si, ya lo vimos! Una vez concluido el instructivo tour salimos rápido del recinto sagrado, correteados por el tronido de petardos y los llantos de mis primas, quienes a su corta edad saben ya que eso de los cuetes no les gusta.

Después de la obligada visita al recinto zapoteca de Mitla nos preparamos para entrarle duro a la marraneada. José nos condujo presto a un restaurante que cumplía con las exigencias imperantes, a saber: resbaladillas, columpios y subibajas para Mariana, Isabel y Fátima. Cuando finalmente nos posesionamos en un punto estratégico empezaron a llegar las viandas: que si quesadillas de flor de calabaza (con queso), que si taquitos de guaguacoa, que si chapulines tostados… pa’ que les cuento, todo un banquete, coronado con arroz con leche y flan; gozamos como enanos (¡que raro!, como enanos, ¿se han fijado?)

Barriga contenta, corazón lleno, salimos a cumplir la última de nuestras tareas, certificar el cuchitril habitacional donde, se dice, pernocta la ciudadana Guenola Bally. Vaya sorpresa que nos llevamos, el cubil resulto ser un departamento muy mono, con sus dos habitaciones, vista al monte y jardín compartido; luz, gas e Internet, todas las de la ley. La emigrante chilanga nos recibió solícita, dándonos el obligado paseo por sus nuevos aposentos, para finalmente presentarnos a su canchanchan: buen mozo de acento franchutesco, alto el condenado, guapote, quien además manejaba una nave espacial o una camioneta de estas muy nuevas, no sabría decirles. Ya inspeccionada la vivienda, y con saldo positivo diría yo, Juanito preguntolé a su vástago, ¿dime qué necesitas cariño? Donde que la Góndola, digo Guenola, contestolé segura: una tapa para el escusado. Nótese lo terrenal de la respuesta. Continuamos la velada en casa de mis tíos, comiendo quesito y frías carnes, tomando cerveza, vino tinto, güisqui y tequila… a elegir, no vayan a pensar.

Al día siguiente salimos temprano, para zafarnos del embotellamiento que se organiza a la salida de Puebla, algo que logramos valientemente. Y pues ya estoy de regreso en Toluca, que después de haber visitado Oaxaca me sabe más y más fea. En fin, como dije, no me quejo, yo solo relato.

domingo 3 de junio de 2007


Lisboa

El camino entre Granada y Sevilla se encuentra tapizado por una alfombra de olivos. A lo largo del paisaje puedes ver hileras e hileras de pequeños árboles, todos muy bien formaditos, tendiendo una cuadrícula que se alarga hasta donde te alcanza la vista. Es una imagen bastante extraña, la perfecta simetría es curiosamente antinatural.

Cuando pasas horas y horas en un autobús no te queda más que mirar por la ventana, darte cuenta de como todo va quedando atrás, mezclándose los colores y cambiando poco a poco el paisaje. Doce horas son las que tarda el autobús entre Granada y Lisboa, con sus respectivas paradas técnicas.

Sabina, mi compañera de piso que tiene nombre de poeta (ojo, digo Sabina, no Sabines) tiene a su bienquerido viviendo en Lisboa, se llama Piotrek, pero también es Peter, y para los cuates es Pedro. Como el susodicho personaje ha pasado más de un fin de semana con nosotros en Granada, decidimos hacer válida la invitación extendida y caerle de gorrones por una semana entera. Todo un existo.

Partimos el viernes por la noche. Nuestro transporte salía de la central, haciendo después un recorrido maratónico por todo Andalucía, para terminar adentrándose en tierras portuguesas y llegar en la mañana a su feliz destino, Lisboa. Nosotros, ingenuos, pensamos poder dormir durante la larga travesía… nada más alejado de la realidad. Resulta que por ley gachupina, todo transportista tiene que hacer una parada obligatoria de 15 minutos cada cuatro horas de viaje, esto es para que los so bueyes no se queden dormidos al volante y maltraten al primer cristiano, moro, testigo de Jehová, ateo o agnóstico, que se les ponga en frente. Lo triste es que, sepa tu porque, nadie se puede quedar en el autobús durante dichos interludios, así que cada cuatro horas nos despertaba la luz en la cara. Más triste fue descubrir las facultades topográficas de los gallegos. Facultades topográficas se preguntaran, aquí la historia:

Resulta que a Fermín (¿puede un nombre decirlo todo?) le tocó ser el conductor del autobús que nos llevaría a la tierra de Vasco de Gama, pero Fermín nunca había estado ahí, de hecho Fermín nunca había estado en Andalucía y si me preguntan, yo diría que nunca había estado fuera de su pueblo. El nuestro era su primer viaje como conductor designado, ¿cómo lo supimos? su falta de pericia al cambiar las velocidades y los ruidos desgarradores del cloche nos dieron un indicio, pero después de dos horas de dar vueltas en Sevilla buscando la central de autobuses a la que tenía que llegar, nos quedo claro que nuestro amigo no tenia ni la más mínima idea de a donde iba. Para no hacerles el cuento largo, y para que no me vayan a tachar racista por meterme tanto con los españoles, nomás les digo que terminé de copiloto, haciéndole de cartógrafo oficial. No se nada sobre el otro millón y medio de gallegos, pero a éste si lo sacaron de algún chiste.

El accidentado viaje nos pagó con creces, llegamos a una ciudad mágica. La verdad es que siempre ninguneé a Portugal, nunca me llamó mucho la atención y pensé que al estar en el “culo de Europa” sería un país gris, triste y pobre. La verdad es que no me equivoqué mucho. Lisboa es gris, triste y relativamente pobre, y eso es precisamente lo que la hace única y bellísima. Desde que llegamos no paró de llover, el cielo estaba cubierto de nubes gordas y oscuras, dándole todavía un aire más melancólico a una ciudad que festejaba los 33 años de su Revolución, la de los Claveles. Es cierto que en comparación con Inglaterra, Alemania e incluso España, Portugal se ve todavía medio fachosa; por toda la ciudad se mezclan los modernos edificios y las añiles banderas europeas con algunas casas derruidas, las ropas tendidas desde las ventanas y los gatos multipintos que patrullan la ciudad, pero también es cierto que mantienen el centro histórico impecable y el metro es más limpio y eficiente que el underground londinense. Durante todo el viaje estuve acompañado por Don José, el pobre personaje que Saramago hace sufrir en su novela Todos los nombres y quien descubre que la diferencia entre vivir y decir que estamos vivos no es mucha.

Por groseras y fantásticas coincidencias geográficas Lisboa tiene a un Cristo del Corcovado y un Puente de San Francisco, con todo y sus tranvías. En Sintra, un pueblito a media hora de Lisboa, su castillo parece sacado de un sueño ácido de Walt Disney. Por las calles puedes ver a todas las posibles tonalidades epidérmicas hablando en un lenguaje que en polaco suena a ruso y que a mi me sonaba a un español cantado. La playa no esta lejos, sus sardinas están para chuparse los dedos y su amor por el football es tanto o más que la pasión americanista de mi hermano Toño (broma!).


El último día Pedro nos llevó a dar un paseo por lo que fue la Expo Lisboa 98, una serie de edificios, fuentes y torres que levantan unas nostalgias rarísimas. Me imagine a mi tía Maricarmen y a mis primos corriendo por ahí.

El regreso fue más tranquilo. Sebastián me dopó con el equivalente holandés del dramamine y cada que el autobús hacía su parada técnica yo salía todavía medio dormido y con la cabeza dando vueltas de campana. Fermín no condujo.

¿Qué más? Pues nada, que visiten Lisboa cuando puedan, que no le pide nada a ninguna capital europea.

miércoles 23 de mayo de 2007

La tortilla

miércoles 16 de mayo de 2007


Reflexiones en torno a las compras del mandado

Llevo varios días leyendo un texto de Donald Davison, un epistemólogo australiano que asegura la no distinción entre los conceptos mentales, su intercambio lógico y el material sensorial puro. Básicamente nos dice que la diferencia entre la silla, tocar la silla y hablar de la silla no existe. Es un texto interesantísimo, suficientemente claro para leerlo solamente unas tres veces, y que, como su traductor asegura, se enmarca dentro de una nueva forma se hacer epistemología.

El profesor que me dio este texto es extraordinario y la forma en que lleva sus clases es magistral. Tiene cuarenta años, dos maestrías y un doctorado. Traduce ensayos y se entrevista con los más picudos de su área, es un feminista empedernido, recién tuvo una hija con su novia (no esposa, como nos hace ver) fan de Pink Fluid, tenista amateur y un gran bebedor de cerveza, según pude comprobar, es un dínamo el cabrón. ¡Estoy entusiasmado!

Sin embargo algunas veces, mientras estoy partiéndome la cabeza leyendo estos dichosos artículos, me entra una angustia que bien podría calificarse de vocacional, sino es que incluso de existencial, a saber, ¿para qué chingados me sirve esto? ¿cómo puedo explicarle a mi abuela la relevancia de lo que estudio? ¿a quién, fuera de la academia, le interesa la diferencia entre Hume y Descartes? Algunas veces, cuando lo que leo está lejos lejos en el mundo platónico, me entra miedo de terminar alucinado y alienado, hablando de cosas que solo los monitos que nos metemos en las oscuras y pandrosas facultades de humanidades entendemos (si es que las entendemos realmente).

A pesar de esto también hay ocasiones en donde escucho un clik en mi cabeza, cuando lo que estudio y lo que me rodea de pronto cobra sentido, cuando las teorías mas encabezadas se traducen en problemas cotidianos, problemas que pasan desapercibidos y que tienen una riqueza filosófica que te cagas (como dicen aquí) Hace ya varios meses que escuche uno de esos cliks cuando estaba en el supermercado, comprando, como la patita, todas las cosas del mandado, aunque yo no me meneaba al caminar.

El problema de los comunes

En la ética aplicada existe un dilema que se conoce con el término del problema de los comunes. El asunto es más o menos así: en un bote salvavidas hay comida suficiente para todos los presentes, su acceso no está restringido pero las porciones están racionadas. Algunos moralistas aseguran que los supervivientes pueden mantenerse con vida hasta que alguien venga a rescatarlos, otros tienen una versión más siniestra del asunto. Solamente hace falta una persona, nos dicen, para que todo se eche a perder, alguien que suponga que la distribución no es equitativa o que simplemente quiera comer un poco más que los demás, un solo abusivo para que todo el sistema de relaciones se vaya a la chingada e impere la ley del más fuerte. Si esto ocurre es posible que llegue la sangre al río (o al mar, la verdad es que no especifican donde estaba flotando el bote)

Durante mi tiempo en Granada he vivido con diferentes personas. Los primeros meses compartí el departamento con Nico, Silvy y Clara, tres belgas. Muy ordenados, muy respetuosos, muy aburridos. Los primeros días nos dividimos la alacena y el refrigerador, así todos sabríamos de quien es que. Los meses pasaron, cada quien en su mundo, la cocina se dividía en turnos e imperaba el más sagrado código, este era: jamás te comas la galleta del vecino. Funcionó. Cada quién comía en su cuarto, cada quien comía lo que quería y lo que podía.

Los belgas se fueron a principios de febrero y entonces me di a la tarea de seleccionar a mis nuevos flatmates. Tuve mucha surte. Sabina, Sebastián y David son la neta. Desde los primeros días nos dimos cuenta que todos traíamos las mismas pilas, las mismas ondas, los mismos rollos. Empezamos a salir y a viajar juntos, al grado tal que nos bautizaron como las cuatro hermanitas. Si antes cada quien comía en su cuarto ahora todos cenábamos en la sala, si antes había orden en la cocina ahora imperaba un ameno desmadre, si antes sabia que era mío y que no, con ellos todo se confundía en un refrigerador a veces rebosante de lleno, a veces dolorosamente vacío.

No tengo que decirles que sistema prefiero, ¿verdad? Sebastián es muy bueno cocinando y siempre que prepara algo lo prepara para todos. David es famoso por su sopa de pescado y Sabina prepara las ensaladas. Yo soy el encargado oficial de las tortillas de papas. Estoy encantado, siempre hay algo que comer, siempre alguien dispuesto a compartir, incluso algunas veces tienes la suerte de llegar cansado justamente cuando alguien acaba de preparar una pizza, lomo con papas o un curry de pollo. ¿Cuál es el problema? pues que ya no tengo galletas. Al ser este un sistema abierto todos tienen derecho a (casi) todo, así que si tú puedes tomarte el té de David, él puede comerse tu pan.

El dilema es el siguiente: quiero a mis compañeros de piso, me gusta que comamos juntos, pero con todo no puedo dejar de contar mis galletas y sentirme ultrajado cuando de diez que compré al final me comí solo una, o simplemente pensar en comprar galletas más baratas, pues sé que al final no seré yo quien se las coma. Al mismo tiempo no quiero regresar al sistema policiaco belga, me perdería de las artes culinarias de Sebastián y de la tranquila seguridad de saber que siempre hay algo que comer.

No te dejes engañar, querido lector, por lo que a primera vista parece un inocuo problema doméstico, estamos tratando de temas serios. El problema de los comunes, aquí ejemplificado con la manía de Alejandro Abraham por sus galletas de chocolate, hace que nos preguntemos por la naturaleza humana, por la conformación de la sociedad, por las ventajas y desventajas de la propiedad pública y privada, por la distribución de la riqueza (aunque suene a marxismo), por la identidad, en fin, si le rascas, hasta por el sentido de la vida, el sexo de los ángeles o la composición química del chocolate.

Al final de cuentas a la filosofía, si la buscas la encuentras.